Sois…la pera.
A veces tengo la sensación de que, en el vertiginoso ritmo de las cocinas actuales, hemos dejado atrás a viejas compañeras que siempre sostuvieron nuestros platos con elegancia silenciosa. Como cocinero, a menudo me descubro mirando la cesta de las frutas en este inicio de junio y sintiendo una pequeña punzada de nostalgia por la pera. Es una fruta que, para mí, ha quedado un poco en el olvido, desplazada por la inmediatez de los cítricos o el exotismo de los frutos tropicales.
Para entender su grandeza, hay que viajar a sus orígenes en las regiones templadas de Asia Central y Europa Oriental. Desde allí, los romanos se encargaron de expandir su cultivo. En la antigua Roma, esta fruta gozaba de tal prestigio que el célebre naturalista Plinio el Viejo llegó a catalogar más de cuarenta variedades distintas, recomendando consumirlas cocidas con miel. Siglos más tarde, en la fastuosa corte de Versalles, la pera se convirtió en un símbolo de estatus absoluto: el rey Luis XIV sentía tal devoción por ella que su jardinero real cultivaba hasta trescientas variedades exclusivas para el deleite del monarca. Curiosamente, este magnetismo histórico llegó a impregnar nuestro lenguaje. Cuando hoy en día le decimos a alguien la expresión coloquial "eres la pera"para resaltar que es alguien extraordinario o fuera de lo común, no estamos invocando directamente a la fruta, sino a la opulencia del antiguo barrio comercial de Péra en Estambul. Aquel distrito turco era famoso por sus mercados repletos de sedas, especias raras y lujos exóticos; decir que algo era de Pérasignificaba que era lo mejor del mundo.
En mi trayectoria entre fogones, he aprendido que su versatilidad es un lienzo en blanco. Tradicionalmente, la hemos visto en preparaciones clásicas como las reconfortantes peras al vino tinto con canela, o en la refinada tarta Bourdaloue, un emblema de la pastelería francesa con crema de almendras. También brilla en ensaladas otoñales junto a hojas de endivias, nueces y lascas de queso azul. En el terreno salado, un risotto de pera y queso gorgonzola ofrece un equilibrio de contrastes memorable, al igual que una delicada crema fría de puerros y pera, donde su dulzor suaviza la acidez del vegetal. Incluso, reducida a un chutney especiado con jengibre y clavos de olor, es el acompañamiento ideal para carnes de caza o un buen foie.
Pero hoy quiero compartir con vosotros una idea más cercana, un pequeño tesoro que preparé hace poco. No busco dar una lección, sino invitarlos a mi cocina a compartir un momento de creación humilde y honesto, aprovechando que junio nos regala las primeras joyas de la temporada.
Para este plato, elegí la variedad Ercolini, una de mis debilidades veraniegas por su pulpa blanca, compacta y extremadamente jugosa. Corté las peras en gajos perfectos y las llevé a una sartén caliente con apenas un hilo de aceite de oliva y una pizca de mantequilla. La Ercolini es fantástica para esto: su firmeza natural resiste el calor despacio sin deshacerse. Observar cómo el fuego extrae sus azúcares hasta que los bordes se vuelven dorados y caramelizados es un espectáculo hipnótico. Una vez que estuvieron tiernas y con ese precioso tono tostado, las dispuse con delicadeza en la fuente.
Encima de cada gajo caliente, coloqué una cucharada generosa de queso stracciatella, el corazón cremoso de la burrata. El contraste del calor de la fruta templada derritiendo sutilmente los hilos de queso es un verdadero deleite. Para coronar y romper la monotonía, preparé un pesto casero al que quise darle un toque especial y aromático añadiendo unas hojas de menta fresca junto a la albahaca tradicional, y sustituyendo los piñones por pistachos tostados. Al dejar caer esa pequeña lágrima de pesto verde vibrante sobre la blancura del queso, el plato cobró vida. Y hoy si os dejo mi truco; un chorrito de buena miel al final por encima.
#sedcuriosos