El gnosticismo te susurra con voz de serpiente antigua:
"Eres un dios caído, un chispa divina prisionera. Un Demiurgo torpe y celoso te arrojó a esta cárcel de carne y olvido. Despierta por ti mismo, rompe las cadenas con tu conocimiento y asciende solo hacia la luz que nadie te da".
El cristianismo, en cambio, te habla con la ternura infinita de un Padre que nunca se cansa de esperar a su hijo:
"Eres mi hijo amado, imagen viva de mi Rostro. Te caíste, sí, te heriste en el camino, pero mi mirada nunca te abandonó. Mi Gracia desciende sin cesar, como torrente de luz sobre la tierra reseca. Abre las manos, recibe. Ven. La mesa está puesta, el vino derramado, el fuego arde en el hogar. Todo está preparado para tu regreso".
El gnosticismo traiciona al hombre en su raíz más sagrada. Lo bastardiza perversamente arrancándolo de su condición de hijo y lo encierra en una torre de sí mismo, prometiéndole divinidad a cambio de orgullo y soledad. Le niega la filiación con su Padre, lo condena a una orfandad eterna y, al hacerlo, lo vuelve contra su propia naturaleza. Es, en esencia, un evangelio antihumano.
El cristianismo, por gracia de Dios, le revela al hombre su más alto y noble linaje: Hijo de Dios. En el bautismo le devuelve la dignidad perdida y le enseña la suprema aristocracia del alma: aprender la humildad que sabe recibir. Como María, que en su Fiat se abrió al Amor que desciende, y por eso fue colmada de gracia hasta desbordar.
Porque, como enseña Dionisio el Areopagita en su Jerarquía Celestial, el universo entero está ordenado no como una escalera de poder a la que se asciende por "grados" con esfuerzo solitario, sino como una cascada viviente de Amor que desciende desde el Padre, EL UNO Y TRINO.
Tres triadas de ángeles, nueve coros resplandecientes, forman una jerarquía sagrada donde los más altos se inclinan para iluminar a los más bajos y los más bajos se elevan al recibir esa luz. No hay ascensión de la criatura sin recibir el descenso previo de Dios. No hay iluminación sin mediación de amor. Todo fluye DESDE lo Alto hacia lo bajo en un movimiento de generosidad divina, para que lo de abajo, purificado, pueda finalmente subir en comunión.
Así es nuestra salvación: NO es una fuga orgullosa en una creación que debe ser "rediseñada", cambiada, revolucionada. La salvación es un regreso humilde y filial al Corazón que nunca dejó de latir por nosotros. Recibir la Gracia que desciende, dejar que nos transforme y entonces, ya hechos partícipes de la naturaleza divina, brillar con la luz que nos ES DADA, no tomada. No "somos luz", vivimos, nos sostenemos y regresamos a casa con la Luz que desciende del Altísimo, NUESTRO PADRE.
Sagrado Corazón de Jesús
¡En vos confío!
autor: Mar Mounier
Bibliografía: Dionisio el Areopagita, De Coelesti Hierarchia (siglos V-VI).