Me da mucha pereza el Mundial de fútbol que empezó ayer.
Por recordarme algo, me recuerda a esas bandejas que servían en las marisquerías del extrarradio del Madrid de mi adolescencia: piramidales, desbordadas, llenas hasta arriba, con algún cangrejo cayéndose por falta de sitio, como si lo hubiera dibujado el gran Ibáñez.
O a una de esas películas de Marvel en las que los personajes ya no caben ni en la pantalla panorámica, que ya es decir.
Puro capitalismo.
Tomar algo que da dinero y exprimirlo al máximo, hasta deformarlo. Agrandarlo, multiplicarlo, hincharlo, saturarlo. No porque lo necesite el fútbol, ni porque lo necesite el espectador, sino porque todavía queda algo más que vender.
¿Por qué no 48 equipos en lugar de 32?
¿Por qué dejar algo para mañana si se puede facturar hoy?
Una enloquecida carrera por la utilidad marginal decreciente cuyo resultado final no es entusiasmo sino el inevitable hastío.
El hastío por exceso.
El cansancio de quien se encuentra frente a una bandeja interminable que incansablemente se le ofrece para ser vaciada.