Ser optimista es una forma muy instalada de vaguería. Forma parte de esa tendencia, tan frecuente, que cree que la política, el periodismo o la economía es una sesión de coaching, un encuentro con alguien que les diga lo mucho que valen, que les haga sentirse mejor, y que les asegure que todo saldrá bien.
Pero ni la política ni el pensamiento tienen como objetivo modular estados de ánimo. Hoy se hace así, pero es fruto de una renuncia. Es no querer mirar la realidad a la cara. Es negar algo constitutivo del ser humano: análisis, sacrificio, mirada a largo plazo, posiciones éticas sostenidas en elementos de poder. Pero eso cuesta trabajo: es mucho más cómodo pensar que todo se solucionará por sí mismo o que lo que pasa será para bien.
Ahora, cuando la realidad se pone complicada, muchos la combaten tachando de pesimistas a quienes tratan de entenderla, o señalando obsesivamente con el dedo a quienes están perturbando su mundo feliz. Lo que sea, menos ponerse manos a la obra.
Menos estados de ánimo y más justicia y dignidad.