Un mensaje para los jóvenes homosexuales: si tienes suerte, un día serás como nosotros…
Voy a decir algo que quizá no guste a todo el mundo.
La juventud no es un logro.
Es una etapa.
Y como todas las etapas, termina.
Lo sé. En una época donde las redes sociales parecen una competencia permanente de abdominales, selfies, gym, viajes, sexo, seguidores y validación instantánea, hablar del envejecimiento parece casi una grosería.
Pero alguien tiene que decirlo.
Si tienes suerte, un día tendrás cincuenta, sesenta o setenta años.
Sí, leíste bien.
Si tienes suerte.
Porque muchos hombres nunca llegaron.
Muchos murieron demasiado jóvenes. Algunos por VIH. Otros por violencia, discriminación, adicciones, depresión o simplemente porque la vida no les concedió más tiempo.
Por eso siempre me resulta curioso escuchar a algunos jóvenes hablar de los hombres mayores como si fuéramos una especie distinta.
Como si el envejecimiento fuera algo que les sucede a otros.
Como si los años fueran una enfermedad contagiosa.
La realidad es mucho más simple.
Nosotros somos ustedes dentro de algunas décadas.
Y ustedes son nosotros con menos historia.
No te estoy diciendo que te gusten los hombres mayores.
No te estoy diciendo que tengas una relación con alguien de otra generación.
Ni siquiera te estoy hablando de sexo.
Te estoy hablando de humanidad.
De la capacidad de sentarte a conversar con alguien que ha vivido más años que tú y descubrir que detrás de las canas hay historias, aprendizajes, errores, cicatrices, amores, pérdidas y triunfos que ningún video de treinta segundos puede enseñarte.
Porque hay algo que la experiencia ofrece y que la juventud todavía no puede comprar.
Perspectiva.
Los músculos desaparecen.
La belleza cambia.
La moda pasa.
Las aplicaciones se ponen de moda y luego desaparecen.
Pero la inteligencia emocional, la capacidad de amar, la resiliencia, la cultura, la conversación y la profundidad suelen crecer con los años.
Y eso también es atractivo.
Quizá vivimos en una época obsesionada con parecer jóvenes, cuando deberíamos estar más interesados en aprender a envejecer bien.
Porque nadie se queda de muestra.
Nadie.
El tiempo es el único privilegio que se reparte de forma democrática.
Llega para todos.
Por eso, antes de descartar a alguien por su edad, pregúntate qué historia podrías aprender de él.
Antes de asumir que una persona mayor ya no tiene nada que ofrecer, pregúntate cuántas cosas ha sobrevivido.
Y antes de burlarte de las arrugas de otro, recuerda que cada una representa un año que la vida le permitió vivir.
La verdadera pregunta no es si vas a envejecer.
La verdadera pregunta es en qué clase de hombre te convertirás cuando te ocurra.
Porque llegará.
Y cuando llegue, ojalá descubras que vales mucho más que tus fotografías de juventud.
Ojalá descubras que construiste algo más importante que un cuerpo bonito.
Y ojalá entiendas que la belleza más difícil de alcanzar no es la de los veinte años.
Es la de una vida bien vivida.
Porque, créeme, muchacho:
si tienes suerte, un día serás exactamente como nosotros.
Muchos jóvenes creen que envejecer es el problema. La verdadera tragedia es llegar a viejo sin haber construido nada que sobreviva a la juventud.
Alguna vez yo también fui joven como tú. Hoy soy un hombre maduro, adulto y con mucha experiencia de la vida como los hay otros tantos.
F. Jaime