Estimado
@OdonElorza2011:
He leído con atención tu propuesta de «un twitter público gestionado por la UE». Y aunque entiendo tus argumentos y coincido contigo en que esto es —entre otras cosas— un cenagal de ruido y manipulación, discrepo radicalmente de tu planteamiento.
Estos son mis argumentos, que comparto muy respetuosamente en aras de un debate constructivo:
1️⃣ El problema de fondo no es Musk: es la internet de las plataformas. Internet es, por diseño, una red distribuida a la que cualquiera puede conectar nodos para servir o descargar contenido. Nadie debe pedir ni puede otorgar permiso, pues no hay una autoridad central. Nadie controla —ni, mucho menos, modera— lo que cada nodo publica. Los protocolos de comunicación entre los nodos son documentos públicos, elaborados por grupos de trabajo a los que cualquiera puede sumarse y cuyas deliberaciones son públicas¹.
Sobre dos de estos protocolos —el par HTML sobre HTTP— surge en los años 90, y luego eclosiona, la web. Que es una invención fundamentalmente europea, aunque esto importe poco en una red global como internet. Y desde los años 2010 vemos un desplazamiento de los contenidos desde la web hacia las plataformas.
Las plataformas son YouTube, Facebook, X, GitHub, TikTok, WhatsApp, Telegram, Reddit, WeChat, Discord, Twitch… Jardines que nada tienen que ver ni con la web ni con el diseño originario de internet: son espacios con una autoridad centralizada con facultades para conferir o retirar el acceso, cada una con su respectiva política de moderación de contenidos, sus generalmente opacos algoritmos de promoción de contenidos, sus propios y a menudo subrepticios intereses…
El problema fundamental de hoy no es Elon Musk: es el desplazamiento que en los últimos 15 años hemos hecho desde una web descentralizada por diseño a un oligopolio de plataformas con un poder concentrado en muy pocas manos. Y esto no se resuelve trasladando el control a un utópico «organismo independiente del gobierno y los poderes económicos» (sic) —tal cosa sería un mero intento de cambio del centro de gravedad—, sino justamente descentralizándolo de nuevo².
2️⃣ El problema de la moderación de contenidos no tiene solución. ¿Qué es una injuria? ¿Y un bulo? ¿Qué son exactamente el «tecnofascismo», el «trumpismo» o el «ciberpopulismo» que mencionas? ¿Quién decide cuáles son los «valores y principios» y la «ética democrática» que reclamas para una nueva plataforma pública de debate? Ni siquiera hay un consenso claro en torno a qué es la pornografía: un pecho desnudo en un retrato artístico es amonestado en Facebook pero, en cambio, tolerado en X.
No cabe aquí explicar por qué es imposible objetivar unos criterios universales de moderación de contenidos³. Basta recorrer la historia de puntillas para notar que los libros prohibidos un siglo son las obras más audaces del siguiente; que las más escandalosas ideas de un tiempo son la vanguardia del venidero; que las herejías que una época censuró son el faro de la generación posterior. La verdad y la mentira —como el bien y el mal— son un sistema relativista. Los marcos morales se desplazan en el tiempo⁴.
Y como no puede haber unos criterios objetivos y universales para discernir contenidos, tampoco puede haber ningún utópico «comité de sabios independientes», ningún algoritmo, ninguna inteligencia artificial que resuelva un problema que, sencillamente, no tiene solución.
3️⃣ El sector público no sabe, ni debe, hacer otra plataforma. Más rápida que la luz solo parece la velocidad con que el sector público olvida sus propios fiascos digitales. ¿Qué fue de Quaero, la iniciativa pública europea para «competir con Google»? Presentada por el tándem Chirac-Schröder con fuegos artificiales, Quaero recibió entre 2004 y 2010 cientos de millones de euros del contribuyente europeo para elaborar una tecnología paneuropea de búsqueda web⁵. Un esfuerzo público del que nada más se supo.
¿Qué fue del «Kelifinder» de la ministra Trujillo⁶? ¿Y de las distribuciones autonómicas de GNU/Linux que surtieron como setas de cada gobierno autonómico en 2005 y 2006, solo para dejarse discretamente morir de inanición poco después de apagados los focos de las ruedas de prensa? ¿Y de la app Radar Covid y los cuatro millones de euros que costó? ¿Y de la web de Renfe, ese desagüe? ¿Y de LexNet, el víacrucis digital de un sistema de justicia donde los expedientes se desplazan en carritos de supermercado? ¿Y de los innumerables marketplaces públicos⁷? ¿Qué fue del cacareado «infojobs público»? ¿Y del «idealista público»?
La retahíla de fracasos de la digitalización con el dinero de todos es tan dilatada que sonroja pensar ahora en un «twitter público». ¿Por qué iba a funcionar un «twitter de la UE» cuando ni siquiera compañías especialistas como Meta o Google, con enormes recursos financieros, han conseguido articular una masa crítica mínimamente viable en torno a sus Threads o Google ? Un espíritu prudente debe rechazar tal pretensión, aunque solo sea por el principio de eficiencia y economía que debe regir el gasto público (art. 31.2 de la Constitución Española).
Más que a la utopía, el mundo público debería mirarse urgentemente al espejo: su fantasioso enfoque a la privacidad en línea, por ejemplo, ha infestado la web de unos «avisos de cookies» que técnicos y usuarios destestamos por igual, y que se han demostrado del todo ineficaces salvo en una cosa: su capacidad de molestar⁹.
👉 Mucho más podría argumentar, aportando datos, hechos y experiencias, más allá de opiniones que solo se sostienen en un romanticismo idealista. Pero no cabe aquí. Como resumen, solo diré que «un twitter de la UE» sería un intento imposible de poner a quien no sabe a resolver el problema equivocado.
(Siguen, en el mensaje de abajo, las referencias).