Harry llegó a mi vida a causa de la pandemia. Pudo ser antes, pero en mi estupidez infinita nunca pensé estar capacitado para cuidar a un perro.
Yo no elegí a Harry, él nos eligió a nosotros. Después de la tragedia del Covid19, Harry necesitó de un nuevo hogar y se lo dimos. De mi parte había muchas dudas, nunca en la vida había tenido perros, lo más cercano era la Jessi (una doberman de mi tío), pero yo no me hacía cargo de ella.
Harry era todo lo contrario a los estúpidos clichés que tenía en la cabeza respecto a los perros: era callado, sereno, nunca ladraba en la casa, jamás se hacía del baño dentro del departamento (lo cual después se volvería un problema), ni tampoco “olía a perro” (o tal vez sí, pero con el tiempo nos habituamos o simplemente nos dejó de importar).
Hasta ahí todo normal, Harry era una mascota, un perrito simpático y nada más. Pero luego vendría la enfermedad. El pequeño tenía toda serie de problemas, al parecer de tiempo atrás. Hubo que operarlo. Las visitas al hospital eran una tortura. Ver al pobre animal, otrora brincón ahora tan débil en brazos de Patricia -quien con lágrimas en los ojos le decía cosas dulces al oído- me partía el corazón.
Luego pasó el milagro. Harry se recuperó y regresó a casa. Esa imagen me conmovió absolutamente, poderosamente, definitivamente. Mi relación con Harry se volvió diferente, ya no era una mascota, era algo más. Decidí honrar su fortaleza todos los días. Si esa pequeña criatura decidió luchar para quedarse con nosotros, lo mínimo que yo podía hacer era, en reciprocidad, volcarme hacia él, rendirme ante su fortaleza.
Carezco de la soberbia que se requiere para decir “es solo una mascota”, “es solo un animal”. Así como nunca es “solo una película”, Harry nunca fue “solo un perro”.
Lo que siguió fue un periodo de debatirse entre la angustia constante, el deber diario y la felicidad dosificada. Estar con Harry era una lucha diaria por arrebatarle días a la muerte. En un día bueno, Harry paseaba cuatro veces al día, comía, brincaba, paseaba y le echaba bronca a otros perros sin medir tamaño.
En un mal día, los vómitos eran constantes, se veía débil, caminaba lento, y seguía echando bronca a perros más grandes, porque la naturaleza es algo que no se puede contener.
Y la naturaleza de Harry era cautivar. No había paseo en el que la gente no comentara sobre su pasito “como de caballito”, o la forma en que se paraba en dos patas (como perrito de circo), o lo mucho que brincaba, “parece conejito”.
Hicimos algo que seguramente un psicólogo condenaría: nuestra vida se construyó a partir de Harry. Nuestra agenda, nuestros tiempos, todo giraba alrededor de lo que Harry necesitaba, así fuera salir a pasearlo a las cuatro de la mañana, así fuera pasearlo cuatro veces al día, así fuera procurar no dejarlo solo porque no sabía estar lejos de Paty y su angustia se traducía en malestar físico, medicinas y veterinarios.
La vida adquiere otra dimensión. Hay quienes tienen perros para poblar el Instagram, pero para mi tener a Harry solo significaba una cosa: cuidarlo.
Por eso duele tanto que se haya ido. Su existencia y su bienestar eran el centro de nuestra vida y ahora no sabemos qué hacer. La agenda se despeja, tenemos tiempo libre, podemos salir de noche o hacer viajes largos, pero ya no es lo mismo, su ausencia pesa.
Pesa más por la derrota, pesa más porque todo fue relativamente rápido, luego de un año en que habíamos logrado que no pisara el hospital, se fue en un par largas semanas.
Regresar a casa se ha vuelto una tortura, abrir la puerta y saber que ya no está, no escuchar su carrera para recibirnos o verlo ahí, angustiado porque nos fuimos unos minutos nos provoca una soledad indescriptible. Ver solo y vacío su sillón no es más que silencioso grito que todo el día hace patente su ausencia.
Cuidar a Harry ha sido una de las responsabilidades más gozozas que he tenido en la vida. Una rutina que anímicamente pesaba, pero que internamente la asumía como un deber inalienable. Una misión donde el sacrificio mismo era la medalla. Cuidar a Harry me abrió los ojos a un lugar que yo no conocía: comprobar que estos pequeños seres vivos son probablemente los únicos en esta tierra capaces de dar amor auténticamente incondicional.
Pavlov se puede ir mucho al carajo, es falso aquello de que los canes le moverán la cola a todo aquel que les de comida, es una mentira pensar que los perros son depredadores que se mueven a conveniencia. Harry sólo sabía amar, y amaba a Patricia por sobre todas las cosas.
Escribo estas líneas en un intento de hacer menos el dolor. Es difícil seguir los días como si nada hubiera pasado, es imposible no pensar en él a cada instante. El vacío se siente descomunal. Nunca podré quitarme de encima la idea de que, si al menos hubiera podido ser menos estúpido, Harry habría estado con nosotros desde mucho antes.
Espero que estas líneas de alguna forma lleguen a él. Quiero decirle lo mucho que lo quise, que estar a su servicio fue siempre un honor. Decirle que nunca lo olvidaré y lo mucho que me destroza que ya no esté aquí. Espero que con el tiempo el dolor sea menos, porque el sentimiento nunca se desvanecerá, como nunca se irá su recuerdo.
Hasta luego, Harry. Espero haber estado a la altura del amor que nos diste.
Te extrañaré siempre.