A veces parece que los árboles llegan a la ciudad como llegan las farolas: en camión, con grúa, y sin raíces.
No hay ceremonia.
No hay suelo preparado con mimo.
No hay gesto de cuidado ni promesa de futuro.
Solo una zanja rápida, tierra de obra y un alcorque que más que cuna, es trampa.
Se le llama “plantación”, pero es otra cosa.
Es instalación.
El árbol viene embalado, listo para fotos y notas de prensa.
Se coloca recto, se compacta el suelo, se aplaude.
Y a otra cosa.
Pero lo que no se ve es lo que falta:
Faltan hongos, faltan lombrices, falta materia orgánica.
Falta relación.
Falta esperanza.
Y luego, cuando el árbol no sobrevive, alguien lo apunta en un informe:
“Fallo de establecimiento”.
Como si la culpa fuera suya.
Como si se pudiera echar raíces en cemento con prisas.
Lo más triste no es que muera.
Es que nadie lo echa de menos.