A mí la Universidad, esa institución de la que tanta gente habla con tanto asco y tan poco respecto, me ha salvado dos veces. Primero me salvó, a los 18 años, de seguir en el negocio familiar y de haber acabado destrozado, física y emocionalmente, para los veintipocos. Después a los treinta y muchos, cuando quise volver a estudiar para tratar de cambiar de forma radical una vida que, en lo laboral, me hacía tremendamente infeliz.
Esos «papeles colgados que no sirven para nada» son lo que llevan dos décadas dándome de comer. Y, más allá de lo estrictamente laboral, lo que me ha permitido convertirme en la persona que soy hoy. Mi forma de ver el mundo, las relaciones y a mí mismo pasa por el tamiz de lo que he aprendido en esos años.
¿Que no es una institución perfecta y que hay cosas mejorables? Por supuesto. Es que estoy hablando de la UMA, no de Hogwarts.
¿Que no garantiza que trabajes de lo que estudias? Por supuesto. Es que, además, no sirve para eso. Es una institución académica, no una ETT.
¿Que incluso trabajar de lo tuyo no te garantiza unas buenas condiciones de vida? Por supuesto, pero la culpa de eso no es de la Universidad sino de nuestro sistema socioeconómico.
¿Que algunas de las cosas que me ha enseñado esa institución las podría haber aprendido por mi cuenta...? Pues supongo que alguna sí, claro, pero no me tengo yo en tan alta estima como para pensar que yo tengo las mismas respuestas que un montón de profesionales que han dedicado su vida a distintos campos de las ciencias y las humanidades.
¿Que hay oficios que no requieren ningún tipo de titulación, universitaria o no...? Pues me cuesta muchísimo trabajo encontrar algún ejemplo, la verdad.
Lo que sí que tengo clarísimo es que me fío más de las instituciones imperfectas que de quienes creen que lo saben todo. Y que, a veces, despreciar lo que desconoces es una forma de demostrar que... igual te habría venido bien haberlo conocido.
Me parece perfecto que cada uno aproveche las oportunidades que le aparecen en el camino. Pero hay que saber cuándo estas oportunidades son un privilegio circunstancial.
Y ya termino: para mí y para muchísimas de las personas de mi entorno, la Universidad ha sido lo único que nos ha permitido tener una vida más estable, más cómoda y menos sacrificada que la de nuestros padres. Echar pestes sobre esa institución que a tanta gente obrera nos ha posibilitado ser medianamente libres es hacerle el juego a los más privilegiados. Porque puede que ellos consigan las cosas a través de contactos y enchufes, pero la mayoría de nosotros las conseguimos a base de trabajo duro, de títulos y de los conocimientos que estos nos otorgan.
Despreciar las instituciones educativas y decirle a la gente que da un poco igual formarse o no formarse me parece una absoluta barbaridad y un estupendo favor a las clases dominantes.