La pobreza intelectual de Iván Cepeda.
Hay un placer secreto en el adversario digno. Gente con la que uno no está de acuerdo, pero que dice cosas que lo obligan a uno a pensar. Ideas que incomodan. Frases que se quedan dando vueltas. A veces incluso dan rabia, precisamente porque uno sabe que ese adversario intelectual acaba de tocar un punto válido.
Benedetti es un hijo de su madre, pero tiene rapidez mental, humor negro y reflejos. Petro es caótico, mesiánico, a ratos ilegible, pero tiene un mundo mental propio. No sé si lee, pero por lo menos finge: habla de Aureliano, de Bolívar, de García Márquez y de la espada. Fidel podía ser un dictador, pero tenía cultura y teatro. Chávez era un desastre, pero tenía épica. Mujica tenía el tono de un campesino sabio. Todos, a su manera, tenían algo memorable.
Pero Cepeda no tiene absolutamente nada. En treinta años de vida pública no le he oído una sola frase memorable, ni para bien ni para mal. No cita un libro, no invoca un personaje, no produce una imagen. Nunca le he escuchado una referencia histórica, una reflexión filosófica, una paradoja o siquiera un chiste afortunado. Tiene la pobreza intelectual de quien no lee y ni siquiera se toma el trabajo de fingir.
Y lo curioso es que a esa izquierda se le puede decir casi cualquier cosa sin que pierdan la compostura. Uno puede decir que Cepeda es guerrillero, comunista o amigo de Santrich y no pasa nada. Pero cuestiónele la inteligencia, la biblioteca, la supuesta superioridad cultural, y se enloquecen. Porque en el fondo eso es lo que más les duele, no que les digan comunistas, sino que les digan la verdad: que son pobres intelectualmente.