La contundencia que llega siempre tarde
Pedro Sánchez intenta presentar el caso Leire Díez como una anomalía moral. Algo que le decepciona, le preocupa y le indigna. Algo que, según él, jamás habría tolerado si lo hubiera conocido.
El problema es que esa defensa ya no se sostiene solo con una declaración de inocencia personal. Pedro Sánchez no está siendo juzgado aquí únicamente como ciudadano, sino como presidente del Gobierno y como secretario general del PSOE.
En política la pregunta no es solo si dio una orden directa. La pregunta es más incómoda. ¿Qué tipo de poder se ha construido alrededor suyo para que tantos episodios terminen siempre en el mismo punto y del que no supiera nada?
El partido, el Gobierno, la familia, los ministerios, los asesores, las empresas rescatadas, los intermediarios, las unidades policiales incómodas, la maquinaria de defensa mediática...
Pedro Sánchez dice que nunca conoció las andanzas de Leire Díez y que nunca se le informó de ellas. Pero la UCO no describe a una simple militante exaltada escribiendo mensajes en una esquina de Ferraz.
Describe una operación que, según los investigadores, buscaba proteger intereses del Gobierno y de su presidente, con contactos, reuniones, intentos de desacreditar a la UCO y referencias internas al famoso "one", que los agentes interpretan como una posible alusión a Sánchez por jerarquía política.
Eso no condena penalmente al presidente, pero políticamente cambia mucho el terreno de juego.
El truco de reducirlo todo a unos pocos
La frase más reveladora de Pedro Sánchez no es la negación. Es la idea de que no permitirá que las corruptelas de unos pocos tapen su proyecto político. Ahí está el truco.
Porque ya no hablamos de un concejal perdido, ni de un cargo menor, ni de un militante de base.
Hablamos de José Luis Ábalos, exministro de Transportes y antiguo secretario de Organización del PSOE.
Hablamos de Santos Cerdán, también exsecretario de Organización del PSOE, que dimitió tras un informe de la UCO que lo vinculaba con presuntas comisiones en adjudicaciones públicas.
Cuando el número dos orgánico del partido cae por un informe de la Guardia Civil, cuando el exministro más importante de la primera etapa del sanchismo queda arrastrado por una trama de contratos, y cuando aparece una supuesta fontanera socialista moviéndose alrededor de causas judiciales sensibles, ya no estamos ante unos pocos. Estamos ante un ecosistema.
Un ecosistema no siempre significa una orden firmada. A veces significa algo más difícil de probar y más grave políticamente. Una atmósfera. Una cultura de poder. Una red de lealtades donde todos entienden qué hay que proteger, aunque nadie lo escriba en un papel.
Dejar trabajar a la justicia, salvo cuando incomoda
Pedro Sánchez pide dejar trabajar a la justicia. Esa frase sería impecable si el sanchismo no hubiera convertido durante años cada investigación incómoda en una pieza del relato del lawfare.
Cuando la justicia investiga al adversario, se invoca el Estado de derecho. Cuando la justicia se acerca al entorno del presidente, aparecen los bulos, el fango, la ultraderecha judicial, la oposición marrullera y la conspiración mediática. Ese doble rasero es el centro del problema.
Begoña Gómez ha sido propuesta para juicio por presuntos delitos de tráfico de influencias, malversación, corrupción en los negocios y apropiación indebida.
David Sánchez, hermano del presidente, está siendo juzgado por presuntas irregularidades en su contratación en la Diputación de Badajoz, con acusaciones que han elevado la petición de pena hasta seis años.
No hay condenas, y debe respetarse la presunción de inocencia. Pero tampoco puede exigirse silencio político cuando el entorno familiar del presidente acumula procedimientos de esa gravedad.
La prueba de la verdadera contundencia
La contundencia no se mide cuando el escándalo ya ha explotado. Se mide antes.
Con Ábalos, el PSOE actuó cuando la presión ya era insoportable. Le dio 24 horas para dejar el acta y, al negarse, lo suspendió de militancia. Eso fue una reacción dura pero llegó cuando el caso Koldo ya era un incendio nacional.
Con Santos Cerdán pasó algo parecido. Dimitió cuando el informe de la UCO lo dejó políticamente tocado. Pedro Sánchez pidió perdón por haber confiado en él ero la pregunta no es solo por qué cayó Cerdán.
La pregunta es cómo pudo llegar hasta ahí, mantenerse ahí y operar desde ahí si el PSOE era esa organización tan vigilante que ahora presume de contundencia.
Y con Mercedes González, directora de la Guardia Civil, la reacción ya no ha sido contundencia, sino protección.
La UCO sostiene que se reunió al menos tres veces con Leire Díez, que esta le hizo llegar información obtenida en el marco de una actividad presuntamente delictiva y que pretendía impulsar una investigación interna contra la propia UCO. Marlaska, sin embargo, ha descartado cesarla y ha defendido su honorabilidad.
Ahí se ve el patrón. Cuando alguien está políticamente amortizado, se le corta. Cuando todavía sirve para sostener el armazón institucional, se le blinda.
El escudo de la prosperidad
Pedro Sánchez deja de hablar de Leire Díez y pasa a hablar de crecimiento económico, empleo, derechos sociales, la ultraderecha y el prestigio internacional.
Es una maniobra clásica. Cambiar el eje moral por el eje de gestión. Pero la prosperidad no absuelve la corrupción.
Un Gobierno puede crear empleo y, al mismo tiempo, pudrir instituciones. Puede aprobar leyes sociales y, al mismo tiempo, proteger a los suyos. Puede tener buenos datos macroeconómicos y, al mismo tiempo, convertir el Estado en un mecanismo defensivo del partido.
No se está discutiendo si España crece unas décimas más o menos. Se está discutiendo si desde el poder se ha usado el partido, el Gobierno o sus alrededores para neutralizar investigaciones, desacreditar a policías, condicionar relatos judiciales o proteger al círculo presidencial.
Pedro Sánchez dice que no permitirá que las corruptelas de unos pocos tapen su proyecto político. Pero quizá el problema es precisamente el contrario.
Que durante años el proyecto político ha servido para tapar, justificar o relativizar las corruptelas de demasiados.
La verdadera contundencia no consiste en indignarse cuando aparece el sumario. No consiste en sacrificar al peón cuando ya sale en todos los periódicos. No consiste en pedir respeto a la justicia mientras se llama fango a cada investigación incómoda.
La verdadera contundencia habría sido abrir auditorías, asumir responsabilidades, apartar preventivamente a los cargos comprometidos, explicar las conexiones y dejar de convertir cada escándalo en una guerra moral contra la oposición.
Pedro Sánchez no está demostrando que combatiera la corrupción. Está demostrando que solo la reconoce cuando ya no puede enterrarla.
#ÚLTIMAHORA | Sánchez siente "decepción e indignación" tras las últimas informaciones y es "muy claro": "Nunca he conocido ni nunca se me ha informado sobre las andanzas de Leire Díez. Nunca lo hubiera tolerado. Que los ciudadanos no tengan ninguna duda"