En los últimos días, varias personas que me leen me han escrito, notando algo distinto en mi tono.
Me preguntan si estoy molesto, si algo me pasó, si tengo algún coraje porque “no me dieron un contrato” o porque “no tengo negocios con el gobierno”.
Les voy a decir algo que me sorprende profundamente: me han confundido.
Jamás he tenido como obstáculo, ni necesito tener contratos con ningún gobierno para callarme.
Nunca he hecho negocios con el poder, ni estoy dispuesto a convertir mi voz en un bozal.
Siempre he vivido en libertad y con la frente en alto, sabiendo que mis principios, mis valores y mi congruencia están por encima de cualquier interés personal o económico.
Eso, nadie me lo puede arrebatar.
Pero más allá de eso, ¿de verdad creen que esta molestia que sienten al leerme es mía… o es suya? ¿De verdad no ven lo que pasa? ¿No ven la violencia, las muertes, la impunidad? ¿No ven que la gente ya no puede salir a la calle, que vivir con miedo se volvió la norma?
Yo estoy bien. Estoy pleno y feliz. Me dedico a trabajar, genero empleos, viajo por el mundo, pero me duele México.
Me duele porque es mi país. Y sí, me tuve que ir de México porque pusieron en fierro lo más importante que tengo y que amo: mi familia.
Porque la libertad de pensamiento hoy cuesta caro, porque las amenazas a mi vida se volvieron reales, y porque cuando te quieren callar, te atacan por donde más duele.
Aun así, aquí estoy. No me han doblegado. No me voy a callar.
Desde que entré a las redes en el año 2000, lo hice para fomentar pensamiento crítico.
Critiqué la guerra absurda de Calderón que convirtió a México en un cementerio. Critiqué la corrupción de Peña Nieto y la tragedia de los 43 normalistas.
Lo hice incluso cuando apoyé la campaña de Andrés Manuel López Obrador, porque creí en un cambio.
Y lo hago ahora, porque sigo creyendo en la verdad, no en las personas.
Critiqué, incluso dentro del movimiento, cuando vi inconsistencias.
Y hoy, vuelvo a hacerlo, porque sigo creyendo en la verdad, no en los hombres ni en los partidos.
¿Y por qué, ahora que soy empresario, debería quedarme callado?
¿Por qué si veo que mis clientes viven encerrados tras barrotes, temiendo por su seguridad, no debería decir nada?
¿Por qué debería ser indiferente al dolor, al miedo, a la manipulación descarada que insulta la inteligencia de todos?
Lo que me desconcierta es ver cómo tantas personas que me han leído durante años hoy se molestan simplemente porque hago lo mismo que siempre he hecho: pensar y hablar.
Yo no escribo para complacer a nadie.
Escribo porque soy libre, y porque nadie va a dictarme qué puedo o no puedo decir.
En mis redes siempre será bienvenida la discrepancia, pero nunca la imposición.
Si tú crees que está bien vivir entre crematorios, entre miedo, entre simulaciones, si eso es lo que quieres para tu vida, tu familia, tus hijos, respeto tu decisión.
Pero no me pidas que yo deje de ser quien soy. No me pidas que me calle. No me pidas que sacrifique mi congruencia para encajar en la comodidad de la mentira.
Y si algo he aprendido es que, como escribió Albert Camus: “El único medio de luchar contra la peste es la honestidad.” Y mi honestidad es incómoda, lo sé. Pero también es inquebrantable.
No me importa la izquierda ni la derecha. Me importa el sentido común. Me importa la justicia, el bienestar de los olvidados, de los que trabajan, de los que luchan.
Por eso, hoy capacito a migrantes, les doy herramientas digitales y agrícolas para salir adelante.
Eso es lo que hago. Esa es mi vida.
Así que si mi congruencia te incomoda, simplemente deja de leerme. Pero si buscas la verdad, si valoras el pensamiento crítico, si te importa México, aquí serás siempre bienvenido.
Yo seguiré siendo quien soy.
Libre.
Congruente.
Sin miedo.
Sin mordazas.
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