Cuenta la leyenda de Cazorla que un rey moro, acorralado por las tropas cristianas, escondió a su hija en una mazmorra secreta del castillo de la Yedra y le prometió volver a por ella cuando ganara la batalla. Murió en el combate, claro —los reyes de las leyendas casi siempre mueren en el combate—, por lo que la muchacha quedó encerrada en la oscuridad hasta que el hambre y el rencor la convirtieron en un ser mitad mujer, mitad serpiente, que solo sale la Noche de San Juan para cantar su amenaza: quien la oiga no verá la luz del día. La llaman la Tragantía, y durante siglos fue patrimonio exclusivo del folclore jiennense, hasta que alguien tuvo la ocurrencia de bautizar con su nombre un restaurante en Madrid, junto al parque de Berlín, y quizás así la criatura encontró una segunda vida mucho más lucrativa que la primera. Porque quién sabe si José Luis Ábalos, gran aficionado a las mujeres y a la buena vida, fue en algún momento hechizado por una versión moderna de esa criatura en un restaurante madrileño del mismo nombre. Entre mujeres, facturas falsas y comisiones de obra pública, pudo haber quedado atrapado por la mordedura de la serpiente. Y ahora tendría que enfrentar muchos años en la trena sin ver nunca la luz del sol, como reza la maldición.
La Tragantía de Cazorla no se tragaba a nadie, aunque algunos aseguran que la palabra deriva de dragón tragón (el que traga o devora), por el aspecto monstruoso y antropófago de la criatura. El que sí que traga es su pariente festivo, el Tragantúa —Gargantúa en Logroño, Tragachicos en Zaragoza, Tragaldabas en Valladolid—. El Tragantúa es ese gigante de feria con la boca abierta por la que entran los niños para salir, tobogán mediante, por el sitio que te estás imaginando. Pues bien, todo indica que en ese restaurante del parque de Berlín se montó un Tragantúa para adultos. Por la boca entraba el dinero de las mordidas y salía, tras un alegre descenso por las tripas de la contabilidad de Ferraz, convertido en dinero limpio, planchado y con olor a legalidad. El tobogán funcionó durante años y el niño que más se tiró fue nuestro vividor José Luis Ábalos, escoltado por su inseparable Koldo (buen tragaldabas, por cierto).
El mecanismo, descrito en los informes de la UCO, es bastante claro. La trama cobraba comisiones por adjudicaciones de obra pública. Ese dinero en B manchaba los bolsillos, así que había que lavarlo, y para eso hacen falta una lavadora: facturas falsas. Y aquí entra nuestro restaurante, La Tragantía, para (presuntamente) hacer de lavadora. La UCO ha contado 52 facturas falsas, pagadas por el PSOE en apenas nueve meses, con una regularidad matemática que insulta a la estadística: bloques enteros de 120, 210, 300 euros exactos, sin que variara un céntimo por un café, una botella de agua o un gin-tonic, como si decenas de comensales distintos hubieran comido exactamente lo mismo día tras día. Los conceptos hablaban de menús cerrados de 30 euros que el restaurante ni siquiera tenía en carta, y de comidas multitudinarias de 10 y 11 personas que, según testigos presenciales, jamás se celebraron. Era Koldo, dicen los investigadores, quien dictaba el número de cubiertos según lo que hiciera falta cuadrar ese mes.
Bueno, pues después de esta introducción, ahora es cuando realmente empiezo a explicarlo todo. Me he apoyado en la valiosísima información que ha publicado
@teresagomezgp esta semana en
@TheObjective_es y algo que también publicó el año pasado junto a
@KettyGarat. Espero que se entienda.
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theobjective.com/opinion/202…