9 de enero de 2026.
2 de la madrugada.
Sigo a la espera de información sobre la situación de mi esposo Rafael Tudares Bracho.
Rafael lleva 1 año y un día privado injustamente de libertad. En resumen: 366 días, 12 meses, 48 semanas, 8786 horas, desde su detención arbitraria y desaparición forzosa.
Desde entonces, no he tenido ni una llamada que me permita, al menos, hablar brevemente con Rafael, conforme al derecho y garantía establecidos en el artículo 44.2 de la Constitución.
Nunca lo he podido visitar. Nunca he podido precisar su ubicación real y concreta. Tampoco he tenido información oficial sobre su vida, integridad física y su salud. Nunca he podido obtener una fe de vida que me garantice su estado y situación real.
En estos momentos me aferro únicamente a las certezas que me ofrecen Dios y la virgen.
No obstante, sigo esperando desde la esperanza realista, un acto de humanidad que ponga fin al sufrimiento que estamos viviendo, la Mamá de Rafael, mis dos niños pequeños y yo.
Pase lo que pase, seguiré luchando desde las convicciones y mi creencias firmes, en que más temprano que tarde, tienen que prevalecer la paz, la justicia y la libertad, para todos.