Juan Carlos Nieto tiene 56 años y lleva casi 40 —que se dice pronto— prestando sus servicios en la oficina del SEPE de Mérida.
Durante cuatro décadas, ha sido testigo directo de cómo la administración pública se volvía cada vez más digital y, paradójicamente, menos humana, sobre todo despues de la pandemia.
En un alarde de empatía y servicio público, que hoy parece casi subversiva, Juan Carlos adoptó una costumbre peligrosa: atender a los vecinos que acudían sin cita previa cuando la oficina estaba completamente vacía.
Ya fuera por el analfabetismo digital que imponen las nuevas tecnologías, por pura falta de medios técnicos o por simple desesperación, estos ciudadanos encontraban en él una solución en lugar de un muro.
En vez de aprovechar el vacío de la sala para reclinarse cómodamente en la silla, mirar el reloj y escudarse en el sacrosanto dogma de la «cita obligatoria», Nieto decidió optimizar el tiempo muerto ayudando a los contribuyentes más vulnerables, asegurándose siempre de no retrasar a quienes sí habían logrado descifrar el sistema de turnos.
¿El premio a su eficiencia y empatía?
Un flamante expediente sancionador.
La administración le acusa formalmente de la gravísima infracción de rellenar el papeleo para tramitar ayudas sociales a personas indefensas, un auxilio que, para colmo de males, realizaba estrictamente cuando ya no quedaba un solo ciudadano con cita en la cola.
Ya sabemos lo que pasa en el SEPE , la Seguridad Social, ayuntamientos, desde la pandemia.
Se lo han montado muy bien.