A los 18 años tocaba el violín en la Avenida Central de San José para pagar sus estudios musicales.
La gente pasaba rápido. Las monedas no siempre alcanzaban. Las manos se helaban. La lluvia mojaba el instrumento. Y Kendall Álvarez seguía tocando.
No porque no tuviera miedo. Sino porque el violín era lo único que le decía que todavía no se había rendido.
Había interrupciones, dificultades personales, momentos en que la formación musical parecía un lujo que su familia no podía sostener. Pero cada mañana volvía a la avenida. Con el arco. Con el instrumento. Con la certeza de que mientras pudiera tocar, todavía había algo por lo que luchar.
Una mañana de febrero, mientras tocaba en la misma esquina de siempre, llegó la noticia: el Instituto Nacional de la Música le otorgaba una beca completa. Las lágrimas llegaron allí mismo, en medio de la calle, delante de personas que no sabían por qué lloraba.
Hoy su música suena en escenarios, en radios, en redes sociales donde miles de personas escuchan a alguien que hace no mucho tocaba bajo la lluvia sin saber si alguien lo oiría.
La calle no fue su derrota. Fue su escuela.