Hace dos mil años, los ingenieros de Pompeya resolvieron un problema que hoy se resuelve con farolas. Lo resolvieron con física básica y piedras blancas.
Las calzadas romanas de Pompeya están construidas con bloques de basalto volcánico, la roca más abundante en la región del Vesubio. Son duros, resistentes al desgaste y oscuros. De noche, con antorchas escasas y sin iluminación artificial sistemática, esas calles eran prácticamente invisibles.
La solución fue incrustar fragmentos de cuarzo o caliza blanca, minerales de alta reflectividad, entre los adoquines. La luna llena en el Mediterráneo es suficientemente brillante para que esas piedras funcionen como una cadena de puntos luminosos que trazan el camino. No iluminan. Reflejan. Pero en una ciudad oscura, la diferencia entre ver y no ver dónde pones el pie puede significar la diferencia entre llegar a casa o romperte el tobillo en una alcantarilla.
Las calzadas romanas incluían además bordillos elevados y piedras de cruce a mayor altura, visibles en la fotografía, para que los peatones pudieran cruzar sin pisar el agua y el estiércol que corría por el centro de la calzada. Los carros dejaban surcos exactamente donde debían dejarlos. Todo era un sistema de ingeniería pensado para funcionar a cualquier hora.
Esta calzada lleva en pie casi dos mil años. El Vesubio la enterró en el año 79 d.C. bajo cuatro metros de ceniza y la conservó casi intacta. Cuando los arqueólogos la descubrieron, las marcas de ruedas de los carros romanos todavía eran visibles en los bordes de los adoquines.
Una calle que nadie usaba desde hace veinte siglos. Y todavía funciona.