Cada vez que el DANE publica la cifra de pobreza, los políticos salen a celebrar como si el mérito fuera suyo.
El Estado no saca a nadie de la pobreza. Pone la cancha, pero el gol lo mete el individuo. El árbitro nunca anota. Y sin embargo es el árbitro el que sube al podio.
El Estado no saca a nadie de la pobreza. En el mejor de los casos, pone la cancha, pero el gol lo mete el individuo. El árbitro nunca anota. Y sin embargo es el árbitro el que sube al podio.
Miremos los números. En 2025 cerca de 1,79 millones de personas salieron de la pobreza monetaria.
Pero hay que leer la letra menuda.
La pobreza monetaria se mide con un solo dato: si el ingreso del hogar supera los $482.041 mensuales por persona. Y ahí está la trampa contable: los subsidios cuentan como ingreso. Una transferencia del Estado sube el ingreso reportado y, por definición aritmética, baja la cifra de pobreza. No porque la persona produzca más. Porque le depositaron plata en la cuenta.
Lo que se ve es que un colombiano que cruzó la línea.
Lo que no se ve: que su capacidad de generar ese ingreso por sí mismo no cambió en nada. El día que se acaba el subsidio, vuelve a caer.
Sacar a alguien de la pobreza es enseñarle a producir.
Me dirán: pero esta vez también cayó la desigualdad. El Gini pasó de 0,551 a 0,531. Y es cierto, es una buena noticia. Pero ojo con la lectura: repartir plata hacia abajo comprime el Gini por pura aritmética. Que baje la desigualdad medida no prueba que el de abajo produzca más. Prueba que le transfirieron más. Es el mismo fenómeno, visto desde otro ángulo.
Y aquí viene lo incómodo. Cuando la salida de la pobreza depende del cheque y no del trabajo, no estamos formando ciudadanos libres. Estamos formando dependientes. Y el dependiente, en Colombia, tiene un nombre viejo y conocido: el cliente. El que paga con su voto el subsidio que recibe. Eso no es política social. Es clientelismo.
Que quede claro: no digo que no haya que ayudar a quien no tiene. Hay que hacerlo, y con urgencia. Pero la ayuda que dignifica es la que se vuelve innecesaria. La que construye capacidad, no costumbre. Lo demás es administrar la pobreza con elegancia estadística, no derrotarla.
Así que la próxima vez que un gobernante diga “yo saqué a millones de la pobreza”, hágase una sola pregunta: ¿bajó la pobreza porque la gente produce más, o porque el Estado le consignó a tiempo?
El mérito, es del que trabaja y produce. Nunca del que reparte lo ajeno y después cobra el aplauso.