Hago llegar la cápsula de la magnífica intervención del Señor Cardenal Christophe Pierre, el pasado 6 de junio en la transmisión especial de Diálogos por la Esperanza.
Abordó la cuestión medular de Magnífica Humanitatis, expuesto desde el numeral 1 de la misma: ”La magnifica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos”.
Afirmó que se trata de una disyuntiva no meramente moral, sino de dos orientaciones radicalmente distintas del ser: la clausura del ser humano en la inmanencia absoluta y el orgullo autosuficiente; o la apertura a la comunión con el Dios vivo y con el prójimo.
Dicha disyuntiva está representada, por un lado, en el texto Bíblico, de la torre de Babel (Gn 11,1-9) para describir la patología de la autodivinización humana. Los constructores no edifican para alguien ni con alguien: edifican contra el cielo, para hacerse un nombre propio. Este proyecto no es simplemente el de una arquitectura ambiciosa; es la declaración ontológica de un ser humano que pretende ser suficiente a sí mismo, en su frenesí de construir un mundo como horizonte cerrado, sin apertura trascedente .
La confusión de lenguas en esta torre de Babel, es la revelación de la lógica interna del egocentrismo: quien se encierra en sí mismo termina incomunicado. Babel es la metáfora de toda cultura que, al absolutizarse, fragmenta desde dentro a la comunidad y destruye el diálogo.
El Señor Cardenal, posteriormente, recordó que el Papa Benedicto XVI, en Spe Salvi, reconoció que la modernidad ha construido su proyecto de salvación prescindiendo de Dios. El resultado paradójico es que la promesa de emancipación total deviene en nuevas formas de dominación (Cf. nn. 17, 22). La razón tecnocientífica, apuntó, es la torre de Babel de nuestro tiempo que promete al ser humano omnipotencia, pero termina ofreciéndole una existencia mercantilizada.
Por su parte, recordó también que en Caritas in Veritate, el mismo Benedicto XVI profundiza este discernimiento al señalar que el desarrollo humano integral es imposible cuando se excluye a Dios del horizonte: “Un humanismo que excluye a Dios es un humanismo inhumano” (n. 78). La inmanencia absoluta no solo elimina a Dios; elimina también al otro como otro, reduciéndolo a función, instrumento o algoritmo.
En esta línea, también retomó al Papa Francisco quien introdujo en Evangelii Gaudium acuñó el concepto de ”cultura del descarte" para describir la lógica social que emerge cuando el ser humano es valorado en términos de productividad y rendimiento (Cf. n. 53), y en Laudato si´ denunció el paradigma tecnocrático que reduce a las personas y a la creación como objetos de dominio.
León XIV, finalmente, advierte en la IA el riesgo de una algoritmización del ser humano y de nuevas formas de exclusión bajo la apariencia de neutralidad técnica.
La otra figura, propia de la disyuntiva existencial, es reconstruir las murallas del templo: vivir en la lógica de la comunión, reflejado en el libro de Nehemías que presenta al ser humano que, ante las ruinas de Jerusalén, no construye para sí mismo sino para el pueblo, en obediencia a Dios.
Explicó puntualmente el Cardenal Pierre que esta lógica es radicalmente opuesta: es la experiencia de la donación, del servicio y de la memoria.
Finalmente, concluyó afirmando que ningún Padre de la Iglesia ha pensado con mayor profundidad esta encrucijada que San Agustín de Hipona. En su obra La Ciudad de Dios, identifica dos ciudades no como realidades geográficas sino como orientaciones del amor: "Dos amores fundaron, pues, dos ciudades: el amor propio hasta el desprecio de Dios, la ciudad terrena; el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la ciudad celestial" (XIV, 28).
Esta definición tiene un alcance antropológico profundo. Nos permite comprender que el ser humano que construye la Torre no rechaza a Dios por error intelectual; lo rechaza porque ama demasiado su propia grandeza. Se trata, por ello de una deformación ontológica del amor, de una idolatría: cuando el amor se dirige hacia lo que no puede ser su objeto último, produce inevitablemente inquietud, fragmentación e incomunicación; es decir, una torre de Babel.
La célebre frase de las Confesiones "nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti" (I,1), va más allá de algo piadoso o intimista, es una certeza antropológica experiencialde primera magnitud. Expresa que la estructura constitutiva del ser humano es deseo que solo puede saciarse en la Trascendencia. Esta custodia de lo humano, concluyó, es la vocación más alta y creativa que el ser humano puede realizar. Frente al proyecto autorreferencial de Babel, que promete trascendencia absolutizando la técnica y produciendo fragmentación, la reconstrucción del templo propone algo más audaz: desde la verdad de lo que somos (imagen del Dios trinitario que es comunión y relación), construir juntos un mundo donde la magnífica humanidad que Dios ha creado pueda florecer en toda su plenitud. Ese es, en definitiva, el programa que León XIV presenta hoy con renovada urgencia.
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Un abrazo en la oración.
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