𝑨 𝒒𝒖𝒊𝒆́𝒏 𝒐𝒃𝒍𝒊𝒈𝒂𝒏 𝒍𝒂𝒔 𝒓𝒆𝒈𝒍𝒂𝒔
Allá por los últimos noventa, cuando uno todavía era joven y aún no sabía que las normas suelen escribirse para que las cumplan unos cuantos, trabajaba en PepsiCo. Y en aquella casa el asunto de los regalos venía claro como el agua, sin letra pequeña ni recovecos: no se aceptaban. Ni grandes ni pequeños, ni siquiera los que llegaban con cara de no haber roto un plato. Había un tope ridículo, casi insultante de tan bajo, y por encima de él, cualquier cosa que te pusiera en la mano un proveedor, un cliente o el primero que pasara dejaba de ser un detalle de cortesía para convertirse en lo que era: un conflicto de intereses. Y a otra cosa.
Rechazar, devolver o, como mucho, declarar. Nada de «es solo un detalle», nada de «total, por una botella». Aquella empresa, que ya jugaba en la primera división mundial, tenía decidido perder una venta antes que perder la cara.
Pasan dos décadas y uno lee la Política de Regalos e Invitaciones de Inditex (esa que aprobó su Consejo de Administración en 2017 y que sigue vigente con sus retoques) y le entra, qué quieren que les diga, una nostalgia rara, casi tierna, de la coherencia. Cien euros de techo o lo que corresponda en la moneda local. Ni un euro en metálico ni una mísera tarjeta regalo. Obligación de rechazar lo que pase del límite o huela a compra de voluntades. Y la orden, por escrito y en negrita, de tirar del canal ético a la primera duda. Transparencia, trazabilidad, ni un milímetro de ambigüedad. Una de las multinacionales que más factura del planeta va y decide que la ética no es un adorno de Navidad, sino una línea roja. Y lo pone negro sobre blanco, lo reparte, lo audita y, si hace falta, lo castiga.
inditex.com/itxcomweb/api/me…
Y entonces a uno se le tuerce la sonrisa, que es lo que tiene cumplir años, y no puede con la pregunta del millón: cómo es que en el mundo de la empresa,donde el dinero manda y la competencia muerde sin avisar, se ata tan corto el asunto de los regalos, y en cambio ahí al lado, en el terreno del dinero público, de las leyes que se cocinan y de los favores que de comercial no tienen nada, la vara de medir es de goma. Allí, lo que en cualquier oficina sería expediente fulminante y a la calle se rebautiza con eufemismo de funcionario: «usos sociales», «cortesía navideña», «detalle sin ánimo de influir». Botellas de vino que se pasan por el forro cualquier tope corporativo. Relojes. Joyas que aparecen, como por arte de birlibirloque, en las manos de quien ha ejercido el poder más alto. Y una justicia (o cierta manera de leerla) que acaba dictaminando que no hay cohecho mientras el regalo no rebase «lo socialmente aceptable». Como si lo aceptable lo marcara el apellido del que recibe, y no el precio del paquete ni el tamaño del sillón en el que está sentado.
Que no soy ingenuo, ojo. Desde que Caín ofreció sus frutos y Abel sus corderos, el ser humano usa el regalo como moneda de cambio, discreta y eficaz, para engrasar lo que haga falta. Lo que escuece no es la dádiva, sino el doble rasero. En la empresa privada, donde una metedura de pata puede costar millones en reputación y en pleitos, uno se blinda con normas de relojería y con castigos que muerden de verdad: código interno, sanción, despido y a la calle. En lo público, donde el poder se ejerce sobre todos y con los cuartos de todos, basta con soltar las palabras mágicas:«costumbre», «proporcionalidad», para que aquello que en Inditex o en la PepsiCo de mis tiempos sería impensable pase de puntillas y sin pena ni gloria. El Supremo ha archivado en el pasado asuntos por regalos de cientos de euros porque, dice, no comprometían la imparcialidad. Y uno se queda mirando el papel y acordándose de aquel contrato en el que ni de lejos se permitía la sombra de una sospecha.
Será la vieja historia de siempre. El que las rinde ante la opinión pública y ante tribunales que a ratos miden con vara de goma siempre encuentra el resquicio: dádivas pequeñas que engordan al cambiar de mano, regalos que en un despacho son «normales» y en otro, intolerables. La raya no la pinta el valor en euros. La pinta quién la cruza y ante quién.
Al que quiera recordar cómo se ventilaban estas cosas en los tribunales hace unos años y qué umbrales se daban por buenos, le dejo ahí abajo el artículo que publicó El País en marzo de 2017. Léanlo despacio. Y luego, ya puestos, vuelvan a leer la política de Inditex. La diferencia, como casi siempre en este país, no está en la letra. Está en quién está obligado a cumplirla.
elpais.com/politica/2017/03/…
Y uno, que todavía firma contratos donde cualquier dádiva por encima de un tope de risa significa expediente o devolución inmediata, se limita a mirar el percal con la ironía distante del que se mira al espejo después de tantos años y ya no se asusta de nada. Las reglas existen, claro que existen. Lo que siempre cambia es a quién obligan de verdad.