Una de las razones por las que ya no me interesa trabajar para startups es porque para las metas que tengo, es una pésima apuesta.
Dedicarle años de mi vida a construir la compañía de alguien más solo tiene sentido si realmente estoy apostando por una persona excepcional.
Y alguien excepcional es más que “inteligente”, “ambicioso" o que sepa de producto, mercado y visión.
Me refiero a alguien inevitable.
Para que esa apuesta valga la pena, tendría que estar apostándole a un Zuck, un Musk, un Bezos, un Jensen, un Dario Amodei, pero antes de que el mundo sepa quiénes son.
Y ahí el problema: es extremadamente difícil de evaluar desde afuera.
Facebook, Amazon, Tesla... pudieron haber fallado en cualquier momento. El mercado pudo haber cambiado. La ejecución pudo haber salido mal.
Pero Zuck, Bezos o Musk son personas inevitables.
Zuck ya era un constructor de producto de clase mundial antes de cumplir 18. Microsoft ya había intentado comprar Synapse, un proyecto que era básicamente personalización musical estilo Spotify, pero casi una década antes de Spotify. Antes de eso, había construido ZuckNet, un sistema interno de mensajería que usaba la oficina dental de su papá. Una especie de Slack primitivo años antes de Slack.
Bezos fue el mejor de su clase en Princeton, trabajó en quant en Wall Street y fue el senior VP más joven en D. E. Shaw. Eso no es normal.
Si Facebook o Amazon hubieran fallado, probablemente Zuck o Bezos no habrían terminado viviendo una vida promedio. Habrían encontrado otro ángulo, otro mercado, otra oportunidad asimétrica. Algo eventualmente habría despegado.
Entonces, al final, la pregunta para mí es simple:
¿Necesito pasar mi vida tratando de encontrar al próximo Zuck o al próximo Bezos?
¿O puedo poner esa misma energía, foco y obsesión en mí mismo y en la gente cuyo carácter ya conozco?