Ha llovido fuerte en varios lugares de España y está todo el mundo muy contento porque esta vez sí han sabido actuar nuestros gestores: han dicho que no vayan los ciudadanos al trabajo ni los niños a la escuela ni los funcionarios a sus puestos. Mano de santo y dicha general, somos un Estado ultramoderno. Seguro que la próxima vez que haya fuego en los bosques las autoridades recomiendan a los lugareños que aprovechen tales días para ir a Benidorm y relajarse en la playa, porque ya lloverá y se acabarán las llamas.
Creo que esta bonhomía con que aceptamos que lo mejor es no hacer nada y dejar de trabajar si hay frío o calor, lluvia o sequía, quebranto o celebración, tiene dos causas, una idiosincrásica y otra muy perversa.
Primera, que somos un país de zánganos y que nada ansía más el personal que un día sin ir a la oficina. En este punto se da una circunstancia peculiar: cuanto más cómodo e irrelevante, absolutamente prescindible, es el trabajo de un sujeto, mayor el ansia por no ir a trabajar, porque vivimos en un perpetuo simulacro de agotamiento. Mismamente en las universidades españolas casi todo el mundo se dice cansadísimo, aunque lleve ocho meses sin dar una clase o haya hecho su última investigación hace un lustro. El sudoroso y dolce far niente. En esas mismas ciudades en las que hoy los funcionarios siguen en casita, los repartidores de panadería siguen circulando y los cajeros de supermercado siguen en sus puestos. Los profesores no, caray, por si les cae un témpano en la metafísica.
Lo otro es que todas estas medidas preventivas, como el mandar a todo el mundo a vegetar en su guarida si el clima se pone feo (¿se imaginan lo que se trabaría en España si nevara como en Finlandia o se helara todo como en Suecia?) suponen una asunción tácita y tranquila de que el país no funciona y que, ante la ausencia de instancias públicas u organismos capaces de prever, de prevenir, de organizar, de paliar daños, de proponer alternativas, etc., etc., lo mejor es cortar por lo sano y que nadie haga nada mientras no escampe, a ser posible allá por mayo.
Esto es todavía más terrible que la vagancia, pues implica dar por irremediable el hecho de que el Estado va camino de desaparecer. Si ya no vamos a tener seguramente más trenes de alta velocidad en buen funcionamiento, pues cristiana resignación: el Señor me lo dio, el Señor me lo quitó. Y a seguir votando y viviendo como si tal cosa. Perón lo supo ver antes que ninguno, no lo olviden.
Esa desaparición de un Estado eficiente, aceptada con naturalidad, será progresiva, en realidad estamos al inicio. Vendrán pronto cosas como que deje de funcionar la policía (y no será por mala fe de sus funcionarios, sino por corrupción de sus altos mandos y de los políticos que los seleccionan) y cada ciudadano asuma que tiene que resguardarse del delito por sí mismo, sea no saliendo de noche, sea pagando seguridad a la pandilla del barrio o sea, si hay dinero, yendo a vivir a urbanizaciones fuertemente protegidas por empresas privadas de seguridad. Otro tanto pasará con la sanidad pública, que será la que organice la muerte de los pobres cuando les toque y porque no se superó la lista de espera, y se verá muy natural que el que quiera tratamiento a tiempo se lo tendrá que sufragar por su cuenta. Etc., etc.
En resumen, un Estado que cada vez nos cuesta más protege cada vez menos nuestros derechos y deja de brindarnos servicios básicos, a la vez que los mismos responsables corruptos culpan del desastre a la globalización, al capitalismo salvaje, a las privatizaciones o al cambio climático o la mala suerte. Y todos tan contentitos metidos en sus casas hasta que deje de llover o hasta que amaine el tiroteo en la calle.