Nunca conoció lo que era crecer con sus padres.
Quienes lo sacaron adelante fueron sus abuelos.
De niño jugaba fútbol con chicos más grandes. Siempre regresaba a casa lleno de raspones y llorando del dolor. Los demás se burlaban de él.
—Ahí va otra vez con su abuelita...
En portugués, "abuelita" se dice Vozinha.
El apodo nació como una burla.
Él lo odiaba.
Con los años dejó de intentar quitárselo. Entendió que, si alguien merecía que llevara ese nombre en la espalda, eran las personas que lo habían criado.
El tiempo pasó.
Sus abuelos fallecieron antes de verlo cumplir el sueño por el que había trabajado toda su vida.
Pero él siguió.
Entrenó.
Cayó.
Volvió a levantarse.
Hasta que un día llegó al Mundial defendiendo la portería de Cabo Verde.
Jugó el partido de su vida.
Detuvo disparos imposibles, sostuvo a todo un país y, cuando el árbitro pitó el final, no celebró.
Se desplomó sobre el césped y rompió a llorar.
Después explicó por qué.
"No lloro por el partido. Lloro porque mis abuelos ya no están aquí para verme."
Hay victorias que no se disfrutan completas.
Porque la única mirada que uno quería encontrar en la tribuna... ya no está.
Y eso fue exactamente lo que sintió Vozinha.