Ayer, en la Especialización en Derecho Penal de la Universidad del Rosario, volvimos sobre una idea que para mí es fundacional: para aprender diseño procesal penal, primero hay que desaprender muchas certezas mal enseñadas.
Fue doblemente extraordinario estar, una vez más, como profesor en la que considero la mejor especialización penal del país, con más de 40 estudiantes entre presenciales y conectados, trabajando un tema decisivo: la investigación penal, esa etapa olvidada, inquisitiva en buena parte de su funcionamiento real y, sin embargo, la más importante del diseño procesal penal.
Ahí se fija el contexto. Ahí se construyen las hipótesis. Ahí se define quién entra al proceso como posible imputado o acusado. Ahí se juega, muchas veces, la suerte epistémica del caso. Por eso, como muestran los estudios de Máximo Langer y Máximo Sozzo sobre la expansión global de mecanismos de condena sin juicio y justicia negociada, el proceso penal contemporáneo ya no se decide principalmente en el juicio oral, sino en esas zonas previas, administrativas, negociadas y menos visibles del sistema.
Y precisamente por eso la investigación exige más control, más garantías y más racionalidad: porque donde el proceso mira menos, el poder suele actuar más. Ahí está el verdadero desafío de enseñar derecho penal hoy: desaprender el mito del juicio como centro absoluto y aprender a mirar donde realmente se decide el destino del proceso penal.
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