Un adolescente no se levanta un día y decide ser sicario.
Antes tuvo que haber pobreza, exclusión educativa, violencia intrafamiliar, ausencia de espacios comunitarios, presencia constante de grupos criminales, normalización de la violencia y cada una de esas situaciones es un ámbito donde el Estado tiene responsabilidades directas.
Los niños reclutados son víctimas antes que delincuentes. Cuando un niño de 12, 13 o 14 años es utilizado por una organización criminal, estamos frente a una víctima de explotación.
El crimen organizado los utiliza porque son más manipulables, más vulnerables y porque el sistema penal es ser menos severo.
Por eso, la discusión no debería comenzar señalando al niño sino preguntando que demonios ocurre para que una organización criminal llegue antes que la escuela, la comunidad y las instituciones públicas.
Cuando el reclutamiento infantil se vuelve masivo, sistemático o recurrente, deja de ser únicamente un problema de seguridad y se convierte en evidencia de un fracaso estatal en múltiples dimensiones desde la seguridad, educación, protección social, desarrollo territorial hasta la garantía de derechos.
El número de niños reclutados por para sicarios es el mayor indicador del fracaso del Estado y el gobierno porque dejó espacios vacíos que ocupó el crimen.