Les voy a contar una historia triste desde el corazón y una reflexión:
Mi mamá fue desplazada de Urabá. Mataron a su esposo frente a mi hermano, de tan solo 13 años, por oponerse al reclutamiento de mi hermana de 16 años; a mi hermano le tocó enterrar a su propio papá y huir. Después, cuando mi mamá y mis hermanos estaban en Bogotá levantándose nuevamente de las cenizas, a mi hermana la encontraron —después de haberse escapado de la guerrilla— y la mataron a tan solo dos cuadras de la Casa de Nariño. Dejó dos niños huérfanos, los cuales tuvo que criar mi mamá: sin tierras, sin una pensión, solo con lo que se rebuscaba y lo que yo le podía mandar, que no era mucho, ya que yo también estaba trabajando y estudiando, y tenía que pagar todo de mi propio bolsillo.
Hoy en día, mi madre tiene una minipensión de lo que dejó Petro con su reforma. Igualmente, yo ya estoy mejor económicamente y puedo ayudarla, y también los nietos que ella crió le ayudan mandándole dinero mensualmente para su manutención. Esta es solo una de las miles y miles de historias que quedaron durante el mandato de Uribe. Si bien la guerrilla mató a miles, los militares y paramilitares no se quedaron atrás con sus "baldados de sangre" y falsos positivos.
Las palabras de "Bala pa' los bandidos" de Abelardo de la Espriella son las palabras de alguien que jamás ha vivido la guerra de frente ni ha sufrido lo que es perder familiares por el conflicto. Mucha de esa gente que llaman bandidos, guerrilleros, etc., son solo personas engañadas; gente que no tuvo otra oportunidad más que irse pa'l monte porque les prometieron un sueldo y un apoyo para sus familias, y ya ahí les lavaron la mente con pensamientos guerreristas. Sí, hay gente muy mala en sus filas, pero no podemos decir que todos son iguales. Es muy fácil adoctrinar a alguien que nunca tuvo acceso a una educación porque había que trabajar para comer; es muy fácil vender la guerrilla como los buenos en lugares donde nunca se ve un militar ni apoyo del Estado, y el orden lo impone la guerrilla. Y si les preguntas a los niños de esos lugares qué quieren ser cuando sean grandes, te van a decir que quieren ser guerrilleros.
Matar guerrilleros no acaba con la guerrilla: siempre hay alguien que los va a reemplazar. Hay que matar primero la pobreza, y no precisamente matando a los pobres. Hay que educar, tratar, ayudar y apoyar a la gente de las zonas vulnerables del país; hay que llevar vías, apoyar el agro, enseñar a sembrar y cultivar, darle apoyo al campesino comprándole sus productos. ¡Un campesino que puede alimentar a su familia es un integrante menos de la guerrilla! ¡Un campesino que vende sus cultivos es un campesino menos que va a querer sembrar coca!
Pero es más fácil salir a decir que vamos a matar bandidos, que los vamos a destripar, bombardear, fumigar, etc., porque desde nuestros tronos en la ciudad no podemos ver lo que es ser un campesino. No sentimos el hambre de quien trabaja 12 horas al sol para que le den 10 mil pesos por un racimo de plátano que tuvo que cargar una o más horas por una trocha, mientras que aquí nos venden un solo plátano por 3 mil pesos. Es muy fácil decir "firmes por la patria" cuando no somos nosotros los que ponemos los muertos que defienden dicha patria. Matar a alguien que odias es muy fácil: disparas, se muere y lo entierras. Difícil es dialogar con ese que odias y encontrar cosas en común para colaborar y convivir. Llevamos más de 60 años en guerra en este país; es obvio que matando bandidos no se acaba.