Los jóvenes, su mayor virtud es la curiosidad: a través de su insubordinación descubren los limites de la realidad.
Cuando un joven se plantea el sistema
Cada cierto tiempo aparece un vídeo de un joven cuestionando algo que la mayoría de los adultos considera más que evidente.
¿Por qué tengo que trabajar para vivir? ¿Por qué la comida cuesta dinero? ¿Por qué una vivienda depende de la capacidad económica de cada persona?
Y casi siempre ocurre lo mismo. Antes de que alguien responda a las preguntas, aparecen las burlas tipo "Niñato". "Le falta trabajar". "Vive de sus padres". "Le falta una buena dosis de realidad"...
El comentario de un joven en el mundo actual es comprensible, aunque muchas de sus reflexiones contengan simplificaciones o desconocimiento de cómo funciona una sociedad compleja.
Pero también hay una mala reacción por parte de quien le insulta. Una reacción intelectualmente pobre porque desprecia a la persona sin intentar comprender sus inquietudes.
Y quizás la cuestión más interesante no sea si el joven tiene razón. Quizás sea por qué cada vez más jóvenes se hacen preguntas parecidas.
Los milagros que hemos dejado de ver
Durante la mayor parte de la historia humana estas dudas apenas podían plantearse. La relación entre esfuerzo y supervivencia era evidente. Si no sembrabas, no había cosecha. Si no había cosecha, había hambre.
Hoy vivimos rodeados de logros que habrían parecido milagrosos para cualquier generación anterior. Abrimos un grifo y aparece agua potable. Entramos en un supermercado y encontramos productos procedentes de medio mundo. Encendemos una luz. Recibimos un paquete en pocas horas. Hablamos instantáneamente con alguien al otro lado del planeta.
Y precisamente cuando hemos normalizado esos milagros, surgen nuevas preguntas.
Si somos capaces de producir alimentos para miles de millones de personas, ¿por qué sigue existiendo el hambre?
Si construimos ciudades enteras, ¿por qué resulta tan difícil acceder a una vivienda?
Si la tecnología multiplica nuestra productividad, ¿por qué tantos jóvenes sienten que cada vez les cuesta más alcanzar la estabilidad?
No todas las respuestas son sencillas. Pero tampoco todas las preguntas son absurdas.
Sin embargo, también hay una realidad que solemos olvidar. Muchos de los problemas que atribuimos al sistema son anteriores al sistema. Incluso si desaparecieran los gobiernos, los mercados, las empresas o los bancos, seguiría existiendo una cuestión elemental. La naturaleza no entrega gratuitamente alimentos, refugio o energía. Hay que producirlos.
La humanidad lleva miles de años intentando resolver esa dificultad fundamental. La política y la economía son, en buena medida, distintas formas de organizar ese esfuerzo colectivo.
Sin embargo, tampoco conviene caer en el error contrario y pensar que todas las dificultades actuales son simplemente consecuencia de la naturaleza. El acceso a la vivienda, la incorporación al mercado laboral o la posibilidad de formar una familia dependen también de decisiones políticas, instituciones concretas y prioridades colectivas.
Cuando una generación encuentra cada vez más difícil acceder a aquello que sus padres consideraban normal, la pregunta no es únicamente qué ocurre en la economía. También es legítimo preguntarse qué está ocurriendo en el Estado, en las leyes, en la educación y en el conjunto de instituciones que organizan la vida común.
El sacrificio necesita una promesa
Existe una frase que resume buena parte del malestar de muchos jóvenes actuales. ¿Por qué voy a aceptar tantos sacrificios si ya no veo claramente la recompensa?
Durante generaciones existió un contrato social implícito. Estudia, trabaja, esfuérzate y tendrás una vida mejor.
No era una garantía absoluta, pero sí una expectativa razonable. Sin embargo, muchos jóvenes observan hoy que hay una realidad diferente.
España mantiene una de las tasas de desempleo juvenil más altas de Europa, en torno al 25%. La edad media de emancipación supera los 30 años. En muchas ciudades el alquiler consume más del 40% del salario de un trabajador joven.
Mientras tanto, desde 2018 la cesta de la compra ha aumentado cerca de un 38%, la electricidad alrededor de un 50% y los combustibles cerca de un 30%. La renta per cápita nominal ha crecido, pero descontando la inflación acumulada el poder adquisitivo real ha retrocedido.
Muchos ciudadanos ganan más euros que hace unos años, pero esos euros compran menos cosas.
Entonces la pregunta deja de ser una extravagancia juvenil. Se convierte en una cuestión política y social primordial.
Ahora bien, una sociedad no puede construirse únicamente sobre expectativas materiales. La incertidumbre económica explica una parte del malestar, pero no toda.
Muchos jóvenes no solo tienen dificultades para acceder a una vivienda. También encuentran más difícil imaginar un proyecto vital estable.
La fragilidad de los vínculos personales, el retraso en la formación de familias, la sensación de provisionalidad permanente y la pérdida de referentes compartidos alimentan una incertidumbre que no aparece en las estadísticas, pero que forma parte de la experiencia cotidiana de millones de personas.
Una generación puede sentirse insegura incluso rodeada de comodidades materiales si deja de percibir un horizonte claro hacia el que dirigir sus esfuerzos.
El contrato social que España debe ofrecer
Una sociedad puede exigir esfuerzo. Puede exigir disciplina, responsabilidad y compromiso. Lo que no puede hacer es exigirlo todo mientras ofrece cada vez menos oportunidades de prosperar.
España no puede prometer riqueza inmediata ni una vida cómoda sin sacrificios. Necesita algo mucho más sencillo. Restaurar la confianza en que el esfuerzo merece la pena.
Ningún joven espera convertirse en millonario por estudiar una carrera o completar una formación profesional. Lo que espera es algo más modesto y razonable.
Poder alquilar una vivienda sin dedicar medio sueldo a ello. Poder formar una familia sin que cada hijo se convierta en un problema económico. Poder ahorrar algo a final de mes. Poder creer que dentro de diez años estará mejor y no peor que hoy.
Cuando una sociedad deja de ofrecer esas expectativas, el problema ya no es generacional. Es institucional.
Pero el contrato social no puede formularse únicamente en términos de derechos. También implica deberes.
Ninguna sociedad puede garantizar oportunidades si deja de existir una masa suficiente de personas dispuestas a producir, emprender, cuidar, enseñar, construir y asumir responsabilidades.
Los alimentos no aparecen en los supermercados por decreto. Las viviendas no se construyen mediante declaraciones de buenas intenciones. La riqueza que luego se distribuye debe ser creada previamente por alguien.
Por eso el verdadero objetivo no debería ser liberar a los ciudadanos de toda carga, sino asegurar que las cargas que asumen tengan sentido y encuentren una recompensa justa.
El trabajo tampoco es únicamente una fuente de ingresos. Es una de las formas fundamentales mediante las cuales participamos en la vida de los demás.
El agricultor produce alimentos para personas que nunca conocerá. El médico atiende a pacientes que no forman parte de su familia. El profesor transmite conocimientos que sobrevivirán a su propia generación.
Incluso los trabajos más modestos suelen formar parte de una cadena de cooperación mucho más amplia de lo que percibimos.
Cuando una sociedad deja de presentar el trabajo como una contribución a una obra común y lo reduce exclusivamente a una obligación económica, termina debilitando el vínculo moral que une a sus miembros.
El riesgo de responder con desprecio
Existe una tentación muy humana de ridiculizar estas inquietudes.
Se responde que los jóvenes viven mejor que nunca. Y es verdad. Disfrutan de una esperanza de vida superior a los 83 años, de una sanidad extraordinaria, de tecnologías que habrían parecido ciencia ficción a sus abuelos y de niveles de comodidad material impensables hace apenas un siglo.
Pero precisamente por eso conviene escuchar sus preguntas con atención. Una generación puede vivir rodeada de abundancia y, al mismo tiempo, sentir que los grandes hitos de la vida adulta se alejan.
Puede tener un teléfono inteligente en el bolsillo y no poder independizarse. Puede acceder a toda la información del mundo y no saber si podrá formar una familia. Puede disfrutar de más entretenimiento que ninguna generación anterior y sentir menos certezas sobre su futuro.
Del mismo modo, tampoco conviene idealizar cualquier forma de descontento juvenil. Las prioridades de cada generación cambian.
Nuestros abuelos aspiraban principalmente a estabilidad, propiedad y familia. Muchos jóvenes actuales valoran además la movilidad, la autonomía personal, las experiencias y la libertad de elección.
Esa transformación cultural no invalida sus dificultades, pero sí ayuda a comprender por qué algunas comparaciones entre generaciones resultan más complejas de lo que parecen.
Una parte del debate contemporáneo consiste precisamente en intentar conciliar esas nuevas aspiraciones con las condiciones materiales necesarias para sostenerlas.
Responder a todo eso con un "le falta trabajar" es tan superficial como responder a cualquier problema económico diciendo simplemente "que el Estado me pague más".
Las caricaturas son cómodas porque simplifican la realidad. Comprender exige mucho más esfuerzo.
Escuchar antes de responder
Quizás el verdadero problema no sea que algunos jóvenes cuestionen el sistema. Quizás el problema sea que demasiados adultos han dejado de preguntarse por qué lo defienden.
Las sociedades más sólidas no son aquellas donde nadie cuestiona las reglas. Son aquellas capaces de explicar por qué existen, corregirlas cuando dejan de funcionar y transmitir a cada nueva generación razones para participar en el proyecto común.
Los jóvenes aportan preguntas. Los mayores aportan experiencia. Los primeros recuerdan que el mundo siempre puede mejorarse. Los segundos recuerdan que la realidad tiene límites que no desaparecen por decreto. Ambos son necesarios.
Una civilización no se conserva humillando a quienes la heredarán, pero tampoco mintiéndoles sobre la dureza de la vida. Se conserva ofreciéndoles instituciones justas, oportunidades reales y una tarea que merezca la pena asumir.
Al final, la cuestión decisiva no es si los jóvenes comprenden perfectamente el sistema. La cuestión es si el sistema sigue siendo capaz de explicarles por qué merece la pena participar en él.
Porque cuando una generación deja de percibir sentido en el esfuerzo, el problema ya no es únicamente económico ni político, empieza a ser un problema de toda una civilización.