SIN FILTROS
El triste espectáculo de la indignación televisada.
La televisión chilena, siempre dispuesta a convertir la discusión pública en circo, encontró en Sin Filtros su mayor hallazgo: un programa que confunde debate con pelea de gallos. Se presenta como foro político, pero es un ring televisado donde se grita más de lo que se piensa y se pontifica más de lo que se argumenta. Lo llaman “debate”, pero es la caricatura del pensamiento: ruido, agresión y una precariedad intelectual digna de estudio antropológico.
El formato es simple: reunir a varios opinólogos y dejar que la histeria haga el resto. El conductor sonríe, la cámara busca el rostro desencajado, el insulto se vuelve rating y la idea, un estorbo. La dinámica es la del reality político: más sangre, menos neuronas. No importa quién tenga razón, sino quién grite más fuerte. Se premia la insolencia, se festeja la descalificación y se castiga la mesura.
El público, por supuesto, cumple su papel. Aplaude, comenta, comparte y repite frases ajenas como dogmas. Se siente parte del combate aunque no entienda bien por qué pelean. Es un espectador de poca instrucción política pero mucha efervescencia ideológica, más preocupado de que “gane su lado” que de comprender el tema. Ese público convierte la trivialidad en consigna y el prejuicio en argumento.
El programa es una máquina de fabricar enojo. No informa: irrita. No analiza: divide. Cada emisión deja la sensación de haber asistido a una misa de la intolerancia. Allí todo se simplifica en una cruzada: buenos contra malos, patriotas contra traidores, víctimas contra victimarios. Los matices sobran porque no dan audiencia. La tele, ya se sabe, prefiere el fuego al pensamiento.
Y detrás de esa pirotecnia verbal hay una agenda. Sin Filtros no solo entretiene: también moldea percepciones, distorsiona hechos, instala marcos ideológicos. No hay espacio para la duda ni la reflexión. La verdad se reemplaza por el efecto. Es la versión audiovisual de la posverdad: agresiva, altisonante, rentable.
El daño es profundo. Un país que debate desde la furia no dialoga, grita. Un pueblo que se informa a través del espectáculo termina confundiendo opinión con conocimiento, sarcasmo con inteligencia, rating con verdad. Y cuando la conversación pública se degrada, la democracia se vuelve un eco vacío.
Culpar al rating sería ingenuo. El problema es moral. Nada justifica un espacio que polariza, que siembra odiosidad y saca lo peor de las personas. Convertir la crispación en modelo de negocio es una forma elegante de decir que la verdad ya no importa. Que el insulto vende más que la idea.
Así, noche tras noche, Sin Filtros se exhibe como laboratorio del malestar nacional. Los panelistas actúan, el público se indigna y el país se embrutece un poco más. Todo en nombre del “debate libre”, que de libre tiene solo el desparpajo.
Apagar el televisor no resolverá el problema, pero al menos devolverá silencio al pensamiento. Porque si algo necesita Chile no es más ruido, sino más criterio. Menos gladiadores verbales y más ciudadanos capaces de escuchar.
“En un país que confunde gritar con tener razón, programas como este no son una anécdota, son un síntoma”.
Y lo más triste es que, entre tanto grito y tanta consigna, nadie parece recordar que pensar sigue siendo —todavía— un acto subversivo.
@MisColumnas