Irán tuvo una victoria avasallante en esta guerra y no solamente en lo bélico y económico sino que también en lo simbólico. Lograron consolidarse como la principal potencia militar en Medio Oriente, demostraron que las capacidades de combate que tienen son las mayores en la región, lograron que el mundo empatice y se sienta representado por régimen que era conocido y rechazado por sus represiones, lograron una cohesión interna fuertísima que neutralizó cualquier levantamiento, dieron a conocer sus capacidades tácticas y estratégicas en el planeta, mostraron su capacidad de resistencia y su poder misilístico, reafirmaron la lealtad de sus aliados, se fortalecieron para futuras negociaciones y se representaron en el mundo como una suerte de protectores de los pueblos oprimidos por Estados Unidos e Israel. Como elemento final, humillaron a Donald Trump en el Palacio de Versalles emulando la derrota degradante de Alemania en 1919 y consiguieron que Israel se resigne en la posibilidad de deponer el gobierno, reconociendo que nadie tiene la capacidad de hacerlo. No hay precedentes en este último tiempo de un triunfo tan contundente de una nación.