Nació sorda en un palacio. Murió monja en una habitación sin lujos. En el medio, ocultó a una familia judía de los nazis usando su propia sordera como arma.
La princesa Alicia de Battenberg nació en 1885 en el castillo de Windsor, bisnieta de la reina Victoria. La sordera congénita que le diagnosticaron de bebé pudo haberla confinado al silencio y al aislamiento. En cambio, aprendió a leer labios en cuatro idiomas: inglés, alemán, francés y griego.
Se casó con el príncipe Andrés de Grecia, trabajó en hospitales de campaña durante las guerras balcánicas, vio a su familia huir de Grecia en 1922 en un barco británico mientras su hijo Felipe, el futuro duque de Edimburgo, dormía en una caja de naranjas reconvertida en cuna.
En 1930, bajo el peso acumulado de años de exilio, guerras y pérdidas, sufrió una crisis psiquiátrica grave. Fue internada en Suiza contra su voluntad y separada de sus hijos durante años.
Cuando volvió a Atenas era otra persona. Vivía con sencillez, repartía lo que tenía y cuidaba a enfermos y hambrientos. Cuando llegó la ocupación nazi en 1943, Rachel Cohen y su familia necesitaban esconderse. Alicia los acogió en su casa sin dudarlo.
Cuando oficiales alemanes fueron a interrogarla, utilizó su sordera con una precisión quirúrgica: fingió no entender nada, los obligó a repetir, a gesticular, a frustrarse. La dejaron ir. La familia Cohen sobrevivió.
En 1993, Yad Vashem la reconoció como Justa entre las Naciones. Está enterrada en Jerusalén según su último deseo.
Su hijo Felipe, cuando le preguntaban por ella, decía que simplemente hacía lo que había que hacer. Que esa era su naturaleza.