La politización del programa de los niños de Chernóbil en Cuba: una jugada maestra de Castro.
El programa cubano para atender a las víctimas (principalmente niños) del desastre nuclear de Chernóbil en 1986 es uno de los episodios más celebrados por la propaganda oficial cubana. Entre 1990 y 2011, Cuba recibió a más de 26 mil pacientes (alrededor del 84 % eran niños) de Ucrania, Bielorrusia y Rusia en la localidad de Tarará, un antiguo balneario de élite reconvertido en centro médico-recreativo. Ese centro, al que fui de estudiante, dejó de servir a los cubanos y pasó a ser de disfrute de los extranjeros.
El programa comenzó en marzo de 1990, justo cuando la Unión Soviética se desmoronaba. Cuba entraba en el Período Especial con hambre generalizada, apagones, colapso económico brutal tras la pérdida de los subsidios soviéticos y una emigración masiva.
Fidel Castro, siempre fiel a la segregación de los cubanos y pensando en su ego político, recibió personalmente al primer grupo de 139 niños en el aeropuerto. La imagen fue icónica y se usó hasta el cansancio. El líder revolucionario abrazando a niños enfermos, mostrando la generosidad del socialismo cubano mientras su propio pueblo pasaba penurias extremas.
Fue una decisión personal de Castro. Según relatos, al enterarse de la magnitud del problema, amplió inmediatamente la oferta de unos cientos a miles de niños. Cuba invirtió recursos importantes (médicos, instalaciones, comida, transporte interno) que supuestamente no tenía para su población. Se realizaron tratamientos complejos (trasplantes de médula, cirugías, rehabilitación). Muchos niños y familias recuerdan con cariño la atención recibida, el sol de Tarará y las actividades recreativas. Por supuesto, ninguno de ellos tiene culpa de nada ni se le podría reprochar jamás. Pero es interesante ver, y dice mucho de Cuba, cómo el cubano siguió siendo un trapo ante la alta política y las decisiones de un solo hombre.
Mientras Cuba se hundía económicamente, Castro posicionaba al régimen como solidario y moralmente superior a Occidente. Nosotros compartimos lo que no tenemos, era el mensaje. Ayudaba a distraer de la crisis interna y a ganar simpatías en Europa del Este y América Latina.
Se exaltaba la solidaridad desinteresada mientras se ocultaba el costo para los cubanos. En plena hambruna, se destinaban recursos (alimentos, medicinas, personal) a pacientes extranjeros. Algunos estimados hablan de más de 300 millones de dólares solo en costos médicos.
Hubo denuncias de que la selección de niños no siempre priorizó a los más pobres o más graves. Algunos casos sugieren influencias políticas o de contactos en la antigua URSS. Fue una jugada típica de Castro, convertir una tragedia ajena en victoria propagandística propia. En momentos de debilidad extrema del régimen, este usó la imagen de niños rubios enfermos para proyectar fuerza moral y humanismo revolucionario.