Hace más de 2.000 años, alguien en el Ártico resolvió un problema que la medicina moderna tardó siglos en nombrar: la ceguera por nieve.
La nieve y el hielo reflejan hasta el 80% de la radiación ultravioleta. Sin protección, la córnea se quema en cuestión de horas, produciendo una condición que los oftalmólogos llaman fotoqueratitis: dolor intenso, lagrimeo, sensación de arena en los ojos, ceguera temporal. En el Ártico, quedarte ciego significa quedarte muerto.
Los pueblos Inuit e Yupik encontraron la solución hace más de cuatro milenios: gafas talladas en marfil de morsa, hueso de caribú o madera de deriva, con ranuras horizontales estrechas que reducían la entrada de luz hasta un mínimo. La ranura no deja ver menos, al contrario: en condiciones de nieve brillante, ver a través de una rendija estrecha mejora el contraste y la definición. Es el mismo principio que usan los fotógrafos cuando entrecierran los ojos para evaluar la luz de una escena.
El ejemplar de la derecha, conservado en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York, tiene además grabados de renos en la superficie. No era solo tecnología. Era también identidad, arte y pertenencia cultural en un objeto del tamaño de la palma de una mano.
El ejército estadounidense redescubrió el mismo principio durante la Segunda Guerra Mundial y desarrolló gafas de ranura para sus tropas en el Pacífico Norte. La industria del esquí tardó décadas más en llegar a soluciones comparables en eficacia.
Los Inuit lo tenían resuelto antes de que existiera Roma.