CARTA ABIERTA A LA MINISTRA DE CIENCIA, TECNOLOGÍA CONOCIMIENTO E INNOVACIÓN.
Ximena Lincolao. @Ximenatech
Señora Ministra:
Hay frases que, por su ligereza, se desvanecen en el aire. Y hay otras —como la suya— que, por su torpeza, merecen ser detenidas, observadas y, si es necesario, desarmadas pieza por pieza. Usted ha señalado que: “uno de los mejores regalos que recibió en su vida fue haber sido pobre”. Permítame decirle, con toda franqueza y respeto, que no es una frase inspiradora; es una afirmación profundamente equivocada y absolutamente errada.
La pobreza no es un regalo. No lo ha sido nunca. No lo es en la literatura, ni en la estadística, ni en la experiencia concreta de millones de personas que no pueden darse el lujo de reinterpretarla como una metáfora edificante. La pobreza es carencia: de oportunidades, de acceso, de tiempo, de dignidad. Es restricción acumulativa, no una escuela de virtudes.
Cuando una autoridad pública decide romantizarla, lo que hace no es dignificar la adversidad, sino trivializarla. Transforma una condición estructural que el Estado debe combatir en una suerte de anécdota formativa, casi pedagógica. Como si la escasez fuera un curso intensivo de carácter. Como si el hambre tuviera valor didáctico. Como si la precariedad fuese, en el fondo, una bendición mal comprendida.
¿Se da cuenta de la paradoja que encierra su afirmación?
Si la pobreza fuese realmente un “regalo”, entonces el esfuerzo institucional por erradicarla carecería de sentido. Bastaría con distribuirla. Convertirla en política pública. Democratizar ese supuesto beneficio. Pero no lo hacemos —y usted lo sabe— porque la pobreza no fortalece: limita y condiciona, en definitiva, reduce horizontes.
Hay, además, un error de razonamiento que resulta particularmente inquietante en alguien que encabeza una cartera vinculada al conocimiento. Haber desarrollado resiliencia o disciplina a pesar de la pobreza, no convierte a la pobreza en una causa virtuosa. Confundir ambas cosas es caer en una trampa elemental: atribuirle al obstáculo el mérito del que logra superarlo. Es como elogiar la enfermedad por haber producido un sobreviviente.
Pero quizá lo más delicado de su frase no es su debilidad lógica, sino su trasfondo moral. Porque en ella se percibe una forma sutil de autocelebración: una narrativa donde la biografía personal se eleva a categoría de ejemplo universal. Usted salió adelante, y eso es valioso. Pero de ahí a concluir que la condición que es en sí misma una limitante, fue en realidad, un “regalo”, es una conjetura que no resiste el menor análisis.
Mientras usted resignifica su pasado, hay miles —millones— que no pueden hacerlo. Que no encuentran en la pobreza ni épica ni redención. Que no la recuerdan como un peldaño, sino como un peso. Y para ellos, escuchar a una ministra hablar de “regalos” en medio de la carencia no es inspirador, es, francamente, ofensivo.
Señora ministra, el lenguaje importa. Y más aún cuando se ejerce desde el poder. No se trata de censurar su historia personal, sino de exigirle rigor al momento de interpretarla en público. Si su intención era destacar la resiliencia, bastaba con decirlo. Si quería subrayar el valor del esfuerzo, había caminos mucho más precisos. Pero elegir la pobreza como metáfora positiva no es valentía discursiva, es un descuido intelectual imperdonable.
Porque, al final, lo que está en juego no es una frase aislada, sino la manera en que entendemos los problemas que decimos querer resolver. Y en eso, conviene ser precisos y categóricos: la pobreza no es un regalo. Es un problema. Y tratarla como lo primero es olvidar —o peor aún, ignorar— la urgencia de lo segundo.
Atentamente,
Un ciudadano que espera más rigor, y bastante más lucidez, de sus autoridades.
@MisColumnas