Cancelo mi suscripción de La Nación por tóxica.
Y lo digo con verdadera pena, porque durante años la consideré un medio serio, parte importante del debate público argentino.
Pero hace tiempo que dejó de ejercer un periodismo crítico para transformarse en una maquinaria de sesgo permanente, donde prácticamente todo lo que ocurre debe ser reinterpretado en clave negativa, aun cuando los datos y la realidad indiquen lo contrario.
Y el problema ya no es simplemente “criticar al gobierno”.
El ataque obsesivo y sistemático contra el gobierno de Milei llegó muchas veces al disparate, al punto de deformar hechos evidentes, exagerar artificialmente problemas reales y transformar cualquier mejora económica o institucional en algo supuestamente negativo.
Ya no parece periodismo crítico.
Parece la necesidad desesperada de sostener un relato que la realidad contradice cada vez más.
Porque una cosa es cuestionar decisiones, algo totalmente legítimo y necesario.
Y otra muy distinta es construir todos los días un clima de pesimismo, descalificación y cinismo permanente donde jamás se reconocen aciertos, jamás se revisan prejuicios y jamás se admite que muchas de las catástrofes anunciadas simplemente no ocurrieron.
La inflación baja:
malo.
El superávit fiscal aparece:
malo.
El riesgo país cae:
malo.
Las reservas mejoran:
malo.
Suben bonos y acciones:
malo.
Vuelve el crédito:
malo.
Se anuncian inversiones por más de 100.000 millones de dólares:
malo.
Todo debe ser reinterpretado como amenaza, desastre o tragedia inminente porque el sesgo ideológico terminó siendo más importante que la realidad misma.
Cuando todo es presentado como malo incluso en medio de mejoras objetivas y señales históricas de recuperación, el problema ya no es periodístico.
Es ideológico, emocional y profundamente destructivo.
Y eso no solo degrada al periodismo.
También intoxica a la sociedad.
Porque millones de personas viven sometidas diariamente a una narrativa apocalíptica diseñada para generar angustia, enojo y desesperanza incluso cuando todos los indicadores muestran mejoras objetivas.
Lo más triste es que gran parte de ese periodismo todavía se percibe a sí mismo como una supuesta élite intelectual y moral.
Pero el prestigio dentro de un circuito cultural endogámico no reemplaza el contacto con la realidad.
Y cuando un medio pierde la capacidad de reconocer hechos evidentes simplemente porque contradicen su posicionamiento político, deja de informar.
Empieza a militar.
Y eso sería grave en cualquier contexto.
Pero en una Argentina que quizá esté frente a la oportunidad de transformación más importante de los últimos cien años, esta conducta deja de ser solamente una deformación periodística para convertirse en algo profundamente irresponsable y destructivo.
Porque quienes hablan desde medios históricos conservan todavía una enorme capacidad de influir sobre millones de personas.
Y utilizar esa autoridad para distorsionar sistemáticamente la realidad, alimentar desesperanza y operar contra cualquier posibilidad de cambio termina siendo una verdadera estafa intelectual al pueblo argentino.
Por eso cancelo mi suscripción.
Porque ya no quiero financiar un periodismo que dejó de ayudar a comprender la realidad para pasar a intoxicarla.